Con la punta del pie apoyada sobre el pico de una cima, los brazos extendidos, la cabeza fría.
Con la punta del pie apoyada sobre el último travesaño de una escalera de mano y los brazos como si fueran a despegar y la cabeza levantada y la mirada fija.
De puntillas sobre un suelo transparente. Una onda, el anillo más ancho –el inofensivo- de un torbellino, una nube redonda.
Podía estar allí, erguida, firme, segura.
Podía estar allí.
Podía. Porque
Nadie sabía que ella era una mujer sin huesos.
Nadie sabía que ella era una mujer.
Nadie sabía que ella era.
Nadie sabía.
Nadie.
Y porque no hay nadie y nadie sabe,
sigo ahí de puntillas en un cielo transparente,
aventándome en la cola de un cometa,
dormitando lubricidades mientras bailo con la última nube que orbita en el más ancho anillo de un torbellino.